La cabaña del tío Thom

Este fin de semana, y hastiada por el calor moscovita, me decidí a salir a dar un paseo en mi nave espacial. Algo falló, y en vez de llegar a la órbita lunar como pretendía, la gravedad venció de nuevo y la pequeña Sputnik cayó de panza en una ciudad llamada Oxford. Al salir de la cápsula entre una humareda que olía a gasóleo, azufre y falsos árboles de plástico quemados, me encontré con un misterioso ser de mirada inquietante que vestía unos pantalones vaqueros y una camiseta con el lema «No Star Wars». ¿Tendría algo en contra de que Chewaka tocara la batería? Lo desconozco. Sacó un papel arrugado de uno de sus bolsillos y me lo mostró: en él aparecía un humanoide vestido de negro que con una de sus manos parecía controlar los elementos atmosféricos. Sin entablar diálogo previo y con su voz de radio desintonizada me interrogó:

¿Has visto a este hombre?

– Sí, -le respondí mintiendo cual perra que soy- más al fondo.

– ¿En qué lugar?

– Más al fondo – repetí.

Sonrió perversamente y sin hacer más comentarios, me tomó entre sus brazos y me llevó a su cabaña, en donde se cambió la camiseta por una camisa blanca, tomó una guitarra y aprovechó para tocarme y para interpretarme un tema que había compuesto. (Pincha en la imagen).

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