Prólogo

“Mi próstata ya no es lo que era, he de reconocerlo. En tiempos pretéritos, con la llegada de la primavera, las colegialas se paseaban alegres por los aledaños del Campo Grande con sus falditas por encima de sus rodillas casi infantiles y sus pequeños pechos sobresaliendo tímidamente de su cuerpecito. Mmmmm, ella rejuvenecía viéndolas y mi incontinencia disminuía considerablemente. Incluso, sin necesidad de química azulada ni de anillos mágicos, a los desgastados cuerpos cavernosos de mi penesaurio llegaba algo de riego sanguíneo que, si bien no me permitía una turgencia absoluta, sí que me provocaba un cierto amorcillamiento la mar de placentero que además hacía las veces de lifting momentáneo en mi arrugado níspero, procurándole un aspecto quasi sexagenario. Por desgracia, esos tiempos han pasado, y he llegado a la conclusión de que una primavera sin alegría es como un cocido castellano sin relleno, por lo que ha llegado el momento de arreglar…El Testamento”.

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